Escuela Freudiana de la Argentina

Hace más de dieciséis años que Oscar Masotta fundaba, con otros, esta Escuela. Ese acto de fundación dio lugar a la existencia de la primer Escuela de psicoanálisis en América, en relación con la transmisión de Freud y la enseñanza de Lacan.

Esta experiencia encontraba su razón, su valor, por la transmisión que supo hacer Oscar Masotta del discurso del psicoanálisis en referencia a Freud y Lacan. Se inaugura así, en ese momento, la posibilidad de existencia de un campo que retornaba, como efecto de esa enseñanza, nombrado como lacaniano. Es en esta orientación que se inscribe la transmisión de esta Escuela.

Con el correr de los años, muchas fueron las maneras de organización, los modos de transmisión, que funcionaron en la Escuela. Sin embargo, en ninguno de ellos se había puesto en juego la cuestión del pase, en relación con el dispositivo que éste implica. Es cierto que la Escuela hace escuela en tanto transmita un discurso que la haga; es en relación con esto que se puede afirmar que no hay Escuela sin pase. Este estatuto pone en función un dispositivo de pase que, como el pase mismo, nunca es definitivo.

Es necesario que la experiencia del análisis sea transmisible y comprobable. El pase, en lo que se refiere a su funcionamiento en una Escuela, es ocasión y posibilidad de que esa necesidad de discurso exista como tal.

Ahora bien, en el psicoanálisis -más precisamente en el discurso del analista- ¿dónde se encuentra una de las mayores encrucijadas en lo que hace a su transmisión? Sin duda, es en lo que está referido al lugar del analista, a su posición en el discurso, a su formación.

Analista es un lugar que no tiene representación. Más aun, es Lacan quien afirma que hacer existir al analista -en relación con el discurso- como representación es lo que se llama una traición. Traición que acecha a la transmisión del psicoanálisis, a su práctica, en tanto es por la posible existencia de esa traición que un ser del analista obtendrá su consagración.

Se deduce de ello que aquello que asegura la representación es la existencia de un modelo. Pero siendo como representante y no como representación que se transmite la función del deseo del analista, su lugar, podemos decir que no hay modelo para el analista.

Se trata, en lo que se refiere a una Escuela, de poder reducir al mínimo la posibilidad de la existencia de esa traición, la cual haría consistir un ser analista. Es esta imposibilidad -no hay modelo para el analista- lo que orienta, en este caso, el trabajo de la Escuela en relación con el real que se juega y se cierne en esa imposibilidad.

Que no hay modelo para una Escuela es aquello que quizás, también sea necesario practicar.

Norberto J. Ferreyra
Enero 1991

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