Oscar Masotta y la fundación de la Escuela Freudiana / Anabel Salafia

Nuestra Escuela fue fundada por Oscar Masotta y otros en 1974 con el nombre de Escuela Freudiana de Buenos Aires. Cuando una parte de sus miembros resolvió no seguir con el espíritu que él imprimía a su práctica, O. Masotta –poco antes de morir– decidió, para quienes seguiríamos con su concepción de Escuela, darle a esta el nombre de: Escuela Freudiana de la Argentina, nombre con el cual hoy se la conoce. Una y otra Escuela tienen pues el mismo Acta de Fundación. Es claro que este hecho supone una división difícil de aceptar, de pensar incluso, ya que, muy habitualmente, se llama a una de las Escuelas “Escuela de la Argentina” y, a la otra, “Escuela freudiana”. Detrás de estos usos se constituye un mito de origen que responde a lo real imposible de toda fundación.
Sabemos que, en lo que respecta al significante, su resonancia se despliega una y otra vez en el tiempo y tengo la impresión de que en aquel momento, quienes estábamos en el país, no escuchábamos, o no sabíamos que escuchábamos, que con el “Argentina”, decía Oscar Masotta, el nombre de su exilio. Por su parte, Masotta ya había hecho muchas otras cosas en otras tierras y terrenos, como para dejar librado aquí, al deseo de cada Uno, el hacer Escuela. Aún así, quienes compartimos la experiencia –incluso la de eso que, pretenciosamente llamamos escisión– teníamos una percepción clara de lo que el significante “Escuela” comportaba, como opción y ficción, como blasón incluso, que nos permitía hacer frente al Dios Oscuro de la dictadura militar. Los promotores de esa religión exterminadora no comprendían nuestra práctica, nuestro estilo y nuestra escritura a condición de que tuviéramos la precaución –en la presentación a la policía que nos imponían cada semana de las cuestiones a tratar– de no escribir, por ejemplo, el término “Subversión” cuando se trató de la “…del sujeto y la dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”; Lacan no está lejos de Maimónides en cuanto a la relación entre “La persecución y el arte de escribir”, como diría Leo Strauss.
Indudablemente, nada o casi nada se ha escrito de esta historia, y esta nota, solo puede esbozar el anhelo de que esto se intente entre quienes practicamos el psicoanálisis porque sin duda hay de todo esto muchas marcas aún y, quizás, algunas de ellas merecen transformarse en otra cosa. Puede decirse que en los últimos años hemos hecho en la Escuela ciertos progresos en el sentido de abrir su práctica en toda la medida de lo posible en lo que se refiere a la relación con otros grupos de la comunidad analítica que se mostraron en igual interés y disposición. La experiencia de integrar miembros de otra Escuela en los respectivos jurados o carteles de Pase es algo que parece permitir avances en el psicoanálisis que practicamos y contribuye a la validación de un ejercicio que debe ser serio –como abierto, honesto y cotidiano, si su destino es que el analista no se enfeude– ni pueda ser por otros, enfeudado en su imagen.
Regresemos, ahora, a nuestro signo, ya no en su contingencia, sino en su arbitrariedad: el significante en su función imperativa, la de hacer lazo: Escuela a nuestro entender es un significante bajo el cual se ponen quienes deciden una práctica –antes, por ejemplo, que una asociación de profesionales– y ella existe en la medida en que se la practica. De este modo la Escuela es cada vez, actual, aunque quienes somos sus miembros estudiemos, nos formemos con ella, como instrumento desde hace 25 años. Alguna vez propuse considerar a la Escuela como el “caso” –en el sentido gramatical del término– en el discurso de Lacan. En primer término, porque su enseñanza “declina” la interpretación del lazo social, “con” la Escuela –como ocurre cuando se trata de un dativo instrumental, (algo se hace con “algo”, el instrumento se confunde con la preposición con y el objeto, ese “algo” cae como la verdad se desencadena en acto). En segundo lugar, porque es difícil concebir que Lacan llegara a formulaciones como por ejemplo, la de los cuatro discursos, sin su práctica de Escuela. De cualquier manera es claro, en lo que respecta al orden de lo institucional, Lacan hizo siempre ex-istir el psicoanalista, a la institución. Práctica de Escuela quiere decir que la Escuela se practica como se dice que uno practica el psicoanálisis. La Escuela no se confunde con el acto analítico, ni con el psicoanálisis, la Escuela supone en otra parte el acto analítico, y puede ser de él, un efecto, lo cual no es lo mismo. Es esta suposición la que hace necesaria la Escuela en lo que respecta al Pase. Se necesita para esto de un dispositivo, del cual el acto analítico tampoco podría prescindir, sin consecuencias de todo tipo para quien quisiera intentarlo. No se trata de exigencias de tipo formal sino de la condición del acto, el cual requiere de un artificio en la medida en que no se pretenda que el psicoanálisis sea el descubrimiento de algo como el corazón del ser o del alma: ese tipo de propuesta se instalaría, automáticamente, si se optara por prescindir del artificio de la ficción que es condición del acto analítico, y en esto reside el hecho de que nuestra práctica no se desplace hacia el delirio. Al revés de lo que el sentido común piensa, ninguna lógica sería posible si la verdad no tuviera estructura de ficción: de la naturaleza no se puede obtener más que significantes y si rechazamos esta proposición en procura de la madre naturaleza nos toparemos con la ficción sadeana y si ésta nos resultara todavía poco “verdadera”, entonces sí, encontraríamos los campos de exterminación.
La Escuela, entonces, es un dispositivo con el cual se dice el psicoanálisis como una enseñanza. Construir las condiciones de discurso que hacen posible la Escuela puede ser poner en juego el giro que hace al pasaje de cada uno de los discursos al otro, en la medida en que estos se escuchen y un discurso no se tome por el otro, es decir, en la medida en que se sepa en cuál de ellos se está. Una simple modificación en el dispositivo de una práctica produce un cambio de discurso, esto nos ofrece una enseñanza cuya experiencia no tendríamos de otro modo. El topos de la Escuela en el psicoanálisis, no el origen, es, como problema crucial, uno de los legados que introdujo y nos dejó, J. Lacan.

Anabel Salafia, 08/11/2000


Texto publicado en la sección “Historia viva” de elSigma.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s