La dignidad / Norberto Ferreyra

Tomás Leivi: Hoy, en el Ciclo sobre La dignidad, nos visita el psicoanalista Norberto Ferreyra, miembro fundador de la Escuela Freudiana de la Argentina en 1974 junto a Oscar Masotta, AME de la Escuela Freudiana de la Argentina, fundador y presidente de la Fundación del Campo Lacaniano desde 1990, miembro de la Escuela Europea para el Psicoanálisis, árbitro de la Secretaria de Investigaciones de la Facultad de Psicología de la UBA, integra el Comité Científico de la Facultad de Psicología de la UBA, autor de numerosos artículos y libros publicados en Revistas internacionales, y libros en colaboración.

Entre sus libros están: Apariencia, Presencia, y Deseo del Analista, La experiencia del análisis, Verdad y objeto en la dirección de la cura, Trauma, duelo y tiempo, La dimensión ética del psicoanálisis, Lo orgánico y el discurso, La Práctica del psicoanálisis, La Perversión y sus derivas.

Ahora lo escuchamos, y muchas gracias por venir.

Norberto Ferreyra: Gracias por invitarme, hablé recién unos minutos con Tomás sobre la reunión de hoy y del espíritu de lo trabajado, y cambia un poco lo que venía a decir. Por una cuestión ética, desde el psicoanálisis, es poco posible arriesgar una política en lo que es una política, política. Jean-Claude Milner, lingüista francés, dice: “En la política se trata de hacer callar al otro”.

Me parece que con quienes ustedes trabajan son personas con las cuales se ha empleado lo peor para hacerlo callar. No me refiero solamente a la muerte, sino a lo derivado de la tortura, desaparición de personas, todo son efectos de la política, en tanto la política tiene como fin ‘hacer callar al otro’. En ese sentido no estoy diciendo que la política sea mala, buena, etc., sino que es así, desde siempre.

Hay diversos modos de ‘hacer callar al otro’.

Puede ser una discusión con la palabra. Pero es otra cosa cuando va al cuerpo y a la anulación del otro, con el ataque al cuerpo o tapar la boca físicamente, esto es una desviación de lo que es la política.

La política tiende a hacer callar al otro por un triunfo discursivo. No voy a calificar qué discurso es mejor que otro, aunque se va a derivar en lo que voy a plantear.

Cuando se inmiscuye el cuerpo las palabras se acaban en los dos sentidos. No hay nada ya de aquel que es agredido en este punto.

En la muerte esto es evidente, y cuando no se trata de la muerte los rastros psíquicos que quedan son muy difíciles de trabajar. Si hay una disposición a trabajar siempre es mejor.

Después de todo se trata de restablecer la dignidad.

Respecto de la dignidad en el sentido claro y concreto desde la práctica del psicoanálisis, la dignidad que está en relación a la palabra. El campo de la palabra que es el lenguaje, ya marca una orientación ética, psíquica, ya se trata de un límite.

En este sentido el psicoanálisis, desde lo que tiene que ver con la palabra, puede emitir algunos enunciados que puedan contribuir a la política general. No me refiero a la política del síntoma.

Es decir, como psicoanalista tomado y sujetado por ese discurso, puedo decir algunos enunciados. Por ejemplo este: que en la política se trata de hacer callar al otro.

El hecho de hacerlo implica cierto tono imperativo, un tono de dominación, y es también de lo que estamos hechos. Estamos hechos por un imperativ, estamos constituidos por la palabra en tanto significantes. En ese sentido nos domina, nos hace la única especie que habla, que se destaca de todas las demás especies por su relación al lenguaje y al inconsciente, y que le da la preponderancia narcisística.

Freud en El Malestar en la cultura, dice que hay tres peligros.

Uno: Las cuestiones que son de la naturaleza, de eso se ocupará la ciencia, y hasta cierto punto.

Dos: El envejecimiento del cuerpo, que es inevitable, si bien ahora hay métodos para retardarlo, modificarlo.

Tres: Y lo peor, dice Freud, es la relación con los otros.

Esa ‘relación con los otros’ parecería ser que puede ser muy modificable, en realidad es el punto de mayor angustia, es la posibilidad a trabajar, sintiendo tanto los triunfos como las derrotas.En ese sentido la dimensión de ‘relación con los otros’ está en todo. Ahora, cuando esto se particulariza como es el campo donde trabajamos, hay variantes en la cura, que pueden modificar.

Desde mi punto de vista hay cuestiones que no se pueden alterar, por ejemplo: que las modificaciones son siempre a través de la palabra. La palabra no es solamente lo que se habla, sino también sus efectos, las acciones que se de ahí se derivan, con determinadas significaciones.

Cuando alguien como sujeto, como individuo, como ser hablante, habla es por su relación a la palabra. Y la palabra no es equívoca, no es dudosa, no es equivalente, sino que la palabra lo divide.

El psicoanálisis aporta la suposición de la existencia de un sujeto que está dividido. No puede tener una unidad. Y eso es por su relación al inconsciente. Me refiero a que está dividido porque hay algo que lo sostiene como dividido.

Lacan en el Seminario XII Problemas Cruciales del Psicoanálisis, al comienzo de la clase del 5 de mayo de 1965, dice: “Si hay una revolución ética y subversiva que hizo el psicoanálisis es hacer entrar a ese sujeto en relación al deseo.”

Voy a desarrollar este detalle que plantea Lacan. Acá Lacan no habla de un sujeto previo a su deseo, sino que en relación al deseo, surge un sujeto.

No se trata del sujeto de la filosofía, por ejemplo. En psicoanálisis que haya un deseo implica un determinado sujeto, que es el sujeto dividido por su relación al inconsciente y la castración.

En ese sentido me parece importante que, desde el punto de vista de la práctica del psicoanálisis, nos encontramos con un sujeto que a través de la palabra está en esta división.

Entonces, la palabra es con lo que hacemos casi todo, y a la vez ignoramos en relación a este no saber, por estar en esta división que procura la palabra.

Respecto del neoliberalismo, que no es lo mismo que el capitalismo, es importante lo que tiene que ver con los cuerpos. En este momento el neoliberalismo, mucho más claro, al igual que la religión, nos promete que todo va a ser después, no me refiero a este gobierno solamente aunque es un ejemplo bastante importante, en el sentido de hacer tal cosa para que después tal otra cosa. En la política nunca hay una acción donde todo sea para después. No es una procastinacion en el sentido obsesivo, sino un sentido político: dominar la acción de los cuerpos.

Teniendo en cuenta que no soy politólogo, voy a dar una definición mía de la política: en la política se trata de aquellos que se ocupan tanto de la producción como de la reproducción de nuestra especie en tanto seres hablantes. Es decir, la reproducción de nuestra especie, y lo que producimos como especie. La política se ocupa de distribuir esto. La política se ocupa, por ejemplo, de quién vive y quién muere, de las ganancias y beneficios que pueda producir.

El neoliberalismo tiene una situación particular que es lo que promueve como ‘el después’. Es cierto que todos por el hablar prometemos algo, pero la cuestión es que esa promesa está llevada siempre a un tiempo posterior.

Sabemos que es muy parecido a la religión.

El psicoanálisis se destaca porque no promete nunca, su práctica siempre es en acto, en el momento.

En la consulta hay uno que habla y hay otro que escucha, y el que escucha determina al que habla.

En el neoliberalismo, fundamentalmente, la desproporción está en el exceso de riqueza en pocas manos, una desproporción geométrica, hecho que va a seguir siendo así, ya que es casi independiente de cualquier voluntad que quisiera parar esto.

Voy a citar una frase de Lacan que representa la situación de la especie y del psicoanálisis, dice: “Hablo con mi cuerpo pero sin saberlo.” Puede suceder a veces que uno tiene un cuerpo con el cual ya no puede hablar, y el psicoanalista trabaja para recuperar que se pueda hablar aún con ese cuerpo.

Respecto de ‘hablo con mi cuerpo pero sin saberlo, y sin saber lo que hablo, es la dimensión donde opera el psicoanálisis.

Quiero recalcar que la promesa del neoliberalismo es borrar cualquier división que se produzca en ese sujeto.

En la época de Freud los lapsus que se producían eran muy diferentes, cuando alguien en un momento tenía un equívoco y eso no pasaba, era sancionado como si hubiera una cierta contradicción, o como si hubiera otra verdad en eso que se escuchaba como una falla en el discurso.

Ahora se dice cualquier cosa, es decir, por ejemplo, las contradicciones, y todo es desdeñado, no tiene valor, porque el peso simbólico que la palabra tiene no puede ser recibido, tomado, justamente por esta unidad que se le pide a los cuerpos en la política neoliberal.

¿Qué quiere decir unidad de los cuerpos?

Me refiero que cuando alguien está dividido es mucho más difícil de conducirlo, de manejarlo, de convencerlo, de llevarlo, porque está dividido.

Alguien que está como uno sin división puede ser contado.

Por ejemplo, si hay diez personas y están las diez divididas, no son sólo diez para hablar. En esta política se toma a esos diez sin esa división, y se los maneja tanto en su reproducción como la toma de los beneficios de la producción de esa especie.

Me parece importante porque esta “unicidad” es uno de los mayores poderes que toma el neoliberalismo. En mi opinión transforma al psicoanálisis, y no sólo al psicoanálisis, en cierta resistencia por la existencia de este sujeto dividido. Es una cierta resistencia, y no es la resistencia, no es lo único.

En el psicoanálisis trabajando con el sujeto dividido se pueden lograr muchas cosas frente a lo arrasador de estar obligado a hacer el uno unificado.

Si bien lo que yo hablo, lo que ustedes escuchan, y lo que ustedes pueden decir, es con la palabra, no es perdido, no se trata de que la palabra ya no existe; sino que la dimensión misma de la palabra ha perdido, no tiene peso.

Me parece que tiene que ver con lo que se ha hecho con los cuerpos. En esta política la unión es no contando con que el otro también hable, o si se admite que hable, debería decir lo mismo. La cuestión de la diferencia pretende ser anulada por un discurso político.

Me refiero a que cualquier diferencia siempre es una resistencia.

Podemos decir que los que tienen el poder también son sujetos, individuos, pero al tener el poder puede tomar esos cuerpos que son la base con la cual hablamos. Por ejemplo, las amenazas, las represiones en la calle, toman los cuerpos porque es ahí donde es más efectivo hacerlo callar a quien se crea que ese cuerpo que tiene algún poder por existir.

En ese sentido es que decía que se trata de hacerlo callar hasta la muerte. Este es el fin de toda política, cualquiera sea su ideología. Es decir, una política es de derecha cualquiera sea la ideología cuando para hacer callar al otro tomando el cuerpo.

Es una orientación, que también proviene de la práctica, sin trabajadores no hay derechos.

En ese sentido se apunta a la otra parte de la política donde se trata de la distribución de los beneficios que la especie produce.

Respecto de sin trabajadores no hay derechos, pero esos derechos ¿están acá?

En la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, hay un enunciado que dice: ‘todos somos iguales, únicos, libres’. Y eso no se cumple.

Me parece que no se cumple por dos cuestiones fundamentales. Por un lado, por la política. Y por otro lado no se cumple porque es un ideal.

Ese enunciado es una meta, y jamás se va a cumplir. Se puede ir acercando la posibilidad de que cuando no se cumple se pueda hacer algo para que se cumpla. Lo cual no quiere decir que se llegue a cumplir. Casi es imposible, es casi como evitar la muerte.

Teniendo en cuenta que los trabajadores son la base del derecho es ya toda una política.

En la práctica del psicoanálisis se puede pensar ¿quién trabaja en el análisis? El que trabaja en un análisis es aquel que se llama paciente. Yo prefiero llamarlo analizante, que es un término introducido por Lacan, el participio presente ‘analizante’ marca cierta pasividad, además también está marcando un trabajo que hace quien viene a consulta. Y es un trabajo que sólo lo puede hacer él/ella, el analizante.

Es decir, quien habla es el que hace el trabajo. El analista es el que posibilita al analizante que haga su trabajo. Es decir, de tratar de escuchar lo que dice. Si alguien escucha lo que el analizante dice escucha la división que tiene como sujeto. Y es un avance.

En ese sentido un chiste que dijo una vez Lacan respecto de Freud: “Freud ha tenido la generosidad de crear el inconsciente, y que esto significa una piedad.” Sería algo así como: ‘yo no fui, fue mi inconsciente’, lo cual quiere decir que ‘si estas así dividido sos vos’.

¿Quién es el trabajador en el análisis?

Es el analizante.

¿Podemos decir que, entonces, paga para hablar?

Sí, pero no paga para trabajar.

Es decir, que paga porque habla, y en ese hablar el analista es el que posibilita que el analizante se escuche.

Quiere decir que el saber que tiene el analista, cuando escucha a alguien, las teorías, los discursos, todo eso está en la cabeza del analista, el saber nunca puede ser pasado al que habla.

En ese sentido es muy importante porque es el principio de la dominación de la política. Es decir, alguien tiene el poder del saber y se lo pasa al otro, y lo domina.

El psicoanálisis, entendido como lo estoy diciendo, rompe en su práctica la dominación del otro. Se trata de una asimetría en el sentido del sintagma importante para la práctica del psicoanálisis, el que escucha determina al que habla.

¿Qué quiere decir?

Quiere decir que depende de cómo alguien escuche al otro es como el otro le va a hablar.

Según como el analista responda a eso el otro va a hablar.

Por ejemplo, el analizante cuando habla hace un lapsus, y yo le devuelvo la escucha de eso, es un modo diferente en que habitualmente se lo escucha en su casa o con un amigo. En ese sentido va a determinar al que habla. Es importante porque no hay un pasaje de saber del analista al analizante.

Por otra parte no quiere decir que no ocurra, aún en aquellos que pueden pensar que no, por ejemplo. Forma parte de la resistencia del analista. Respecto de ‘no pasar un saber al otro’ rompe con la base de lo que es la política, es el: ‘vos sabés pero yo te sé’.

No es que los psicoanalistas pretendan ser puros respecto de esto. Insisto, a cualquier psicoanalista le puede pasar que en lo que dice le pasa un saber al otro. Una cosa es pasar un saber, y otra cosa es cuando el saber que se pasa es como siendo un saber de aquel que lo dice.

En un análisis el único que habla, en el sentido de hablar, es el analizante. La restricción, la abstinencia del analista tiene que ver con no sustituir el saber que el que habla tiene.

Por ejemplo, en las consultas, a las personas, por lo que les haya pasado de un modo u otro, es obvio que vienen a hablar, es obvio que esperan como cualquiera alguna promesa de algo, también una cierta amortiguación del dolor cuando hablan, con la cuestión que tiene que ver con la liquidación de los cuerpos, no solamente por la muerte, ya que alguien puede estar impedido de hablar por lo que se le ha hecho. Ya que un cuerpo se puede aniquilar solamente con una palabra.

En el análisis el mayor peligro es pasarle un saber al otro que no es el del otro. Cada uno tiene su propio saber. Que ese saber divida al analizante es la gran conquista del psicoanálisis con Freud, y es lo que hace la mayor oposición al neoliberalismo.

Respecto a la particularidad con la cual trabajan ustedes acá, si bien está presente en el tratamiento, es importante que no sea lo que dirija todo. Me refiero a la segregación.

El hecho de escuchar al otro es muy particular, y no poder olvidar eso en un momento, puede hacer que uno escuche de un modo tendencioso. Es decir, que aquello que se quiso evitar, al escuchar de un modo tendencioso se lo vuelve a reproducir.

Por ejemplo, si alguien es pariente de algún político, o si alguien ha sido matado por la política de la derecha, puede venir a hablar y es obvio que va a hablar desde ahí, y es muy difícil olvidar eso para quien habla, no deja de estar presente.

Me parece que si eso queda, en el que escucha, no como la principal orientación, es como volver a tratar como fue tratado. Cuando uno se vuelve tendencioso en la cura es igual a lo tendencioso que fue en su momento sancionado en él.

En ese sentido decía que el que escucha determina al que habla.

Nosotros que tenemos cierta sensibilidad, quizás lo más difícil es ‘cómo dejar de mirarlo de donde viene o por qué viene.

Es decir, que la escucha puede ser tendenciosa, escucho como aquel que fue maltratado, y sí es cierto, no puedo dejar de escuchar así, si es posible escuchar al otro al costado el otro puede recuperar parte de aquello que perdió como sujeto.

Participante: …inaudible…

Norberto Ferreyra: Es un poco fuerte decirlo así, vos lo decís muy bien, como dije antes el psicoanalista puede ser una víctima de su analizante.

Partiendo de que el analista según la posición que tiene puede ser el victimario de su analizante. Al pasarle ese saber.

Hay dos preceptos fundamentales.

Uno. No lo sabemos al otro. Nunca vamos a saberlo. Sólo vamos a poder saber algo, no al otro, cuando habla.

Dos. A la persona que habla también le pasa lo mismo.

Sabemos que uno no sabe bien qué piensa de algo hasta que lo dice.

Es importante destacar que uno por el hablar se entera de lo que sabe, de lo que no sabe, de sus fallas, de cómo está ubicado.

En el psicoanálisis también se puede practicar la victimización, como recién decía ella. Al hablar de pacientes ya es una victimización.

Es otro tipo de saber en el psicoanálisis que en la medicina, es un término médico. El discurso de la medicina tiene un poder que inevitablemente lo hace víctima.

Quiere decir que nacemos siempre en un lugar donde hay una víctima y hay un victimario. Desde chiquitos.

Cuando Hobbes dice: “El hombre es el lobo del hombre”, decía esto que acabo decir.

Siempre está querer dominar al otro. Es una cuestión que hace a la sobrevivencia el poder evitar esto, y también defenderse.

Por ejemplo, es lo que está pasando en estos momentos con Trump y Corea del Norte. Podríamos decir que ahí hay un diálogo casi loco. Ahora si hay palabras se podría empezar a hacerlo callar al otro, por la muerte, la mutilación, ahí se acabó la palabra.

Me parece que la tarea tanto en un análisis como en la práctica que se hace acá es para que se pueda recuperar la dignidad con la palabra.

Si hay algo que hace digno a alguien es, justamente, poder emplear lo más libremente posible la función de la palabra.

Desde chiquitos esta función de la palabra nos fue transmitida. A partir de eso hay una dominancia, una exigencia, una anterioridad, tanto de la lengua como la transmisión de la lengua de los padres, y hay un dominio de aquel que nos ha recibido. Este dominio persiste siempre. Excepto cuando alguien puede separarse del dominio del Otro, pero es siempre a través de la palabra.

Cuando es sin la palabra uno no se separa. O bien logra la separación a través de matar al otro. Figurativamente o no.

Respecto a la mutilación, por ejemplo, alguien puede estar mutilado por una tortura. A veces, los psicoanalistas, confundimos lo que es mutilación con lo que es la castración. Es muy importante diferenciar que la mutilación no es la castración. Se trata de mutilación cuando hay o puede haber una pérdida de una parte del cuerpo, y tiene mutilada la palabra.

La castración es todo aquello que nos separa de lo que nos domina. Es decir, que crea un campo para tener la posibilidad de apropiarse de un deseo que no es siempre del Otro.

La castración es lo que posibilita. No es una amenaza. La amenaza de castración es la mutilación.

Entonces, en una terapia pasarle el saber al otro, o escucharlo sesgadamente, aún en un análisis, es una mutilación.

Se trata de una mutilación cuando es por la transferencia misma. Esa transferencia no es sin la relación de cierta asimetría de discurso. Si no alguien no iría a consultar, bastaría con hablar con un amigo.

El analista no es que no pueda querer a alguien que es su analizante pero fundamentalmente no es lo que guía su hacer, en definitiva.

El hacer es para poder ayudar al otro, para hacerle recuperar esto que de sujeto ha perdido, haya estado en la tortura o no, es decir, poder tener la dignidad de la palabra.

La palabra nos tiene, nos hace, y a su vez tenemos que tenerla.

Cuando en una sesión o con un amigo decimos: ‘ay, no tengo la palabra’, eso es carencia de algo, eso es un efecto que aparece como mutilación.

Por ejemplo, en un lapsus cuando alguien se olvida de algo, no tiene la palabra que quería recordar, eso aparece como carencia o falta. La operación analítica está en que pueda recuperar eso que fue un olvido. En ese caso se trata de aquello que fue una “mutilación”, no disponer de la palabra, pueda transformarse en la recuperación de esa palabra a través de la interpretación del lapsus. Eso es un hecho de discurso, es decir, que sucede. No es subjetivo.

El simple acto analítico permite a quien habla recuperar esa palabra, con lo cual se pasa de la mutilación a la castración. Castración quiere decir que se puede no disponer de todo pero puedo hacer algo con eso de lo cual no dispongo. En psicoanálisis se llama a esto la función de la falta. En ese sentido no se trata de que algo falte, sino que sea posible que algo no sea todo.

Una característica de la política actual es ‘el todo’, es ‘todo se puede’, y sólo puede decir eso el que tiene el poder, el poder reside en que hay quienes crean que ‘todo se puede’.

El psicoanálisis tiene su política, cuando se dice que el psicoanálisis es la política del síntoma se trata de cómo hacer con la falta que uno tiene. No es una falta moral, sino que es una falta real, es algo que no dispone. Es decir, pasar de lo que a uno lo mutila a aquello que lo castra, entonces, puede creer que no existe ese todo. Es muy diferente. Es solamente a través de la palabra. No hay otra manera.

Es fundamental para cualquiera para poder vivir tener la noción, consciente o no, que uno le ha hecho falta a alguien.

Se trata del amor, pero hay un paso más, que ese hacerle falta a alguien me ponga en contacto con mi propia falta. Caso contrario me apoyaría en la falta del otro para existir.

Si me apoyo en que le hice falta al otro, es cierto que estoy en relación a una falta, pero me tengo que apoderar de la falta de eso en mí, qué me hace falta a mí.

Es la recuperación de la dimensión del sujeto respecto de la castración a la falta. En ese sentido sucede en cualquier acto de la vida, en el más cotidiano posible, es el motor de nuestro deseo.

El deseo está fundado en la posibilidad de tener una relación a esa falta. Es una falta que es constitutiva, quiere decir que es con eso que nos hacemos. No nos hacemos rechazando lo que nos falta, ni pretendemos que eso deje de faltar. No se trata de un pesimismo, sino de un realismo concreto. En ese sentido es tratar de hacer mejor lo que se hace.

Se puede tener el ideal de los Derechos Humanos pero es necesario saber que esos Derechos Humanos tienen el fin de llegar a suplir, a hacer algo con esa igualdad que proclama y que siempre falta. Saber que esos Derechos Humanos forman parte de la falta.

Se trata de una incompletud, hay que trabajar con ella, no se puede pretender que se complete. Para la especie es algo cruel, pero es así.

El neoliberalismo promete que esa completud puede existir. Y esto convence a mucha gente como se ve.

Si bien hay variantes, la completud que se promete a nivel de lo simbólico es algo que conquista, que enamora. En ese sentido tiene consecuencias, uno se hace víctima de eso que le prometen.

La única promesa que se le puede dar a uno es que es posible recuperar esa dignidad respecto de la palabra.

Cuando digo ‘dignidad’ quiere decir aceptar que por aquello que en mí funciona como falta es que yo existo y con eso puedo hacer algo.

La dignidad no es ser uno, ser todos, es hacer con esa falta que no es deficiencia y que hace a nuestra especie.

Si las palabras cubrieran las cosas, como dice Foucault, no habría ningún problema. Todo empieza ahí. Se trata de este abismo que hay entre las palabras y las cosas.

Los psicoanalistas y ustedes trabajamos tratando de escuchar a alguien para recuperar la dignidad de la palabra.

No es que la palabra sea digna. Sino que uno en su acto de hablar tenga la dignidad de la palabra.

Hablando políticamente y en psicoanálisis: “que esa palabra no trate de aniquilar al otro. La dignidad de la palabra es no aniquilar al otro.”

Con la palabra también se lo puede aniquilar al otro. Sabemos que hay cuadros clínicos donde la palabra ha aniquilado como sujeto a alguien. La palabra también liquida.

Por ejemplo, si a uno lo matan uno no se entera qué le pasó. Me refiero en el sentido psíquicamente a través de la muerte subjetiva. Hay casos en la práctica cotidiana que tienen que ver con circunstancias sociales, políticas, y sexuales.

Cuando se aniquila el cuerpo lo que se afecta es aquello que hace a nuestra especie: hablar, producir, y reproducir. Se trata de producir una relación que nosotros tenemos con aquellos funcionando con la falta.

La falta es el motor.

Cuando se interpreta la falta como una mutilación y no como algo propiciatorio nos equivocamos. En ese sentido estamos tomando que al otro le falta algo, y eso quiere decir que yo lo tengo cuando escucho.

El otro tiene su falta. Cuando nosotros le pasamos un saber al otro estamos robándole su falta. Cada cual encuentra su falta, es decir, aquello donde está su singularidad y su deseo.

Si nosotros le decimos: ‘tu deseo es…’, o sea, es el saber que se le está pasando, le estamos robando su falta.

La dominación política es esto: ‘el otro te sabe’, ‘yo sé lo que a vos te hace falta’. Nadie sabe nunca lo que le hace falta al otro. No se trata de que sea un misterio, sino que al decir que sabe su falta lo anula como sujeto.

Hay un libro de Moustapha Safouan, psicoanalista francés, que se titula La palabra o la muerte, es alguien que no se analizó con Lacan sino que hizo supervisiones con él.

Comencé hablando de ‘la muerte de la palabra’, diciendo: ‘lo importante es hacer callar al otro’. Una cuestión es lo discursivo a través de la palabra, y otra cosa es que el otro muera, no esté, callarlo con una acción que le impida hablar, en todo sentido. O sea, que se puede matar con la palabra.

El psicoanálisis trata de que aquello que quedó como resto, como corolario de todo lo que le pasó a alguien en su vida, en su situación particular, social, política, volverle su dimensión al trabajador de la palabra en la práctica.

No se trata de que sean trabajados con la palabra, como somos todos en un principio, sino que todos podamos ser trabajadores de nuestra palabra. Y trabajadores de nuestra palabra es hacer algo que a través de la palabra dar la posibilidad de decir algo.

Una cosa es hablar y otra es llegar a decir algo.

En psicoanálisis, a través de escuchar alguien que habla que siempre es el analizante, trata de que el otro llegue a decir algo.

¿Qué es decir algo? Quiere decir que el otro diga aquello que le falta. No es en el sentido moral, sino que es más íntimo, es en tanto sujeto.

En la cuestión analítica es cuando el otro llega a hacerse sujeto de lo que dice.

Nosotros nacemos como objeto del otro, es decir, somos recibidos por un discurso y ese discurso nos hace su objeto. También podemos hacernos sujeto de ese discurso, es decir de aquello que hablamos. Es muy efímero en un análisis. Son momentos donde hay una interpretación donde el otro puede salir de esa posición de objeto que todos tenemos.

Si hay algo que caracteriza a la política de la derecha es: ‘todos somos objeto’, afirma la unicidad que corresponde al objeto y no al sujeto.

Es en ese sentido digo que el discurso actual ‘parece que fuera del amor’,y no lo es, sino que es prometerle al otro que no está dividido, es decir, que es un objeto.

El psicoanálisis tiene la función de romper esa unicidad que el otro pretende, porque es eso mismo lo que lo enferma.

Voy a leer una frase Lacan del Seminario VIII La transferencia, en la Clase 12, dice: “Hacer de nosotros otra cosa que estos sujetos sometidos al deslizamiento infinito del significante.”

Vemos que aún el significante nos hace objeto, dado que este deslizamiento infinito nos domina.

Sigo leyendo a Lacan: “Hacer de nosotros otra cosa que los sujetos de la palabra es algo único inapreciable, insustituible, a fin de cuentas es el verdadero punto donde podemos designar lo que llamé ‘la dignidad del sujeto’.”

 La dignidad del sujeto significa que aún aquello que tiene que ver con este hacer de la palabra podamos hacernos sujeto de ella. No se trata de permanecer como objeto.

Cuando digo que uno le pasa el saber al analizante lo está haciendo objeto. Le impide ser el trabajador de su derecho.

En el ámbito en que estamos hoy acá y ahora el trabajador de su derecho es que cada uno puede hablar. Siempre está la posibilidad de contestar. Si es contestatario es un triunfo. Es un triunfo en relación a lo que nos hace sujeto de lo que decimos.

Sujeto quiere decir que si bien estamos determinados en nuestra existencia tenemos la posibilidad de un grado de libertad, que es lo que da la contingencia de descubrir en cada acto analítico, que somos sujeto de lo que decimos.

Ser trabajadores con derecho, acá en todo caso se trata de eso, los que vienen acá son trabajadores con derecho a la palabra que fue justamente por lo que la aniquilaron.

No se trata de una negación. Acá ustedes están para atender a aquellos que siendo trabajadores de la palabra no pudieron serlo. Entonces, no tuvieron derechos. Para mí es lo que dice ese cartel.


Presentación realizada en el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de DDHH. “Dr. Fernando Ulloa”, Secretaria de Derechos Humanos de la Nación

Este texto está disponible en la pàgina web de la EFA: Descargar

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