Síntoma o goce deserotizado / Anabel Salafia

Buenos días. Quiero agradecer a la Comisión Organizadora del Congreso de  la Facultad de Psicología  de Rosario. Agradecer por esta iniciativa que es en este momento muy importante respecto de la forma en que el psicoanálisis se pueda organizar como una verdadera resistencia. Las neurociencias, en mi opinión, nunca podrían cumplir la función que lleva a cabo el psicoanálisis, a pesar  de que están teniendo la posibilidad de devastar los servicios en las instituciones públicas, donde funciona el psicoanálisis, gracias a los poderes de esta política  en el  país.

Es necesario más que nunca que el psicoanálisis haga resistencia a esas políticas de devastación de las prácticas que tienen que ver con la palabra, con el lenguaje, y con todo lo que tiene una dimensión de acto que no se encuentran en otras prácticas, como en el orden jurídico.

Quiero aprovechar la situación para mencionar la necesidad de pensar seriamente ¿qué significaría la desaparición del psicoanálisis, a manos de la neurociencias?

También quiero agradecer a Adriana Zanon que me ha acercado todos los detalles importantes de este Congreso, y también la presencia de todos ustedes, tan numerosos en una hora tan temprana de la mañana.

De acuerdo al temario que se propuso para hoy voy a trabajar respecto de Los nuevos desafíos de la clínica psicoanalítica. Lo cual es también un tema político dentro y fuera del psicoanálisis.

El título presenta la posibilidad de un equívoco, y como sucede en la mayoría de los equívocos, puede ser fructífero: Síntoma o goce des-erotizado.

Cuando nos piden un título para un Congreso, uno tiene en cuenta la composición heterogénea del auditorio, a la vez que piensa en lo que está trabajando, con lo cual  al poner el título todavía no está madura la cuestión a tratar, aunque esté cercana.

El equívoco posible es entender una cosa o la otra, es decir, ‘síntoma o goce des-erotizado’, como dos opciones exclusivas, excluyentes. Y el desafío es tratar de considerar cuándo hay una posibilidad de convertir en síntoma  lo que se presenta como un goce des-erotizado.

Voy a desarrolla rápidamente el goce des-erotizado, me refiero al tipo de goce que está en juego, por ejemplo, en la utilización de las drogas. Es decir, lo que se llama las adicciones. Denominación que podría decir, al menos   en los casos de la casuística mía, no me avala el hecho de decir que se trate siempre de adicciones.

En algunos casos puede ser que se trate de adicciones, pero en otros casos hay una forma de consumo -éste término es importante también-, que no supone una adicción, no supone una regularidad de consumo, sino que en definitiva de lo que se trata es de la atracción ejercida sobre el sujeto con la droga.

Es fenomenológicamente así, en mi opinión, pero es  para abrir una posibilidad de discusión  a posteriori, en ese sentido lo digo en  tono provocativo y radical.

El  goce des-erotizado está ligado fundamentalmente al consumo, especialmente y particularmente de la cocaína. El consumo de la cocaína produce un goce des-erotizado.

El decir goce des-erotizado  puede llamar la atención porque pareciera no haber algo más cercano a lo que se pone en juego como erotismo que el goce.  Entonces el desafío consiste en considerar qué posibilidad hay de constituir un síntoma en lo que se presenta como goce des-erotizado. Hacer de una contradicción  el hecho de concebir un goce no erotizado.

Para que esto se comprenda voy a aclarar,  que para nosotros que estamos formados en la enseñanza de Lacan y practicamos su discurso, siendo la definición de goce sería: ‘eso a lo que pone límite el principio del placer’.

Entonces, qué es lo que ocurre cuando el principio del placer no pone límite al goce. En ese sentido podemos ver que se trata de un goce des-erotizado.

Otra cuestión a tener en cuenta es que no hay un sujeto del goce. Es un punto delicado y no muy fácil de comprender, que voy a tratar de formular de manera que se aprehenda.

No hay un sujeto del goce, al goce el sujeto lo sufre.

Lacan dice: “Sus fantasmas los gozan”. De manera tal que el sujeto es en verdad objeto de un goce, de un goce que lo goza.

Hay una base muy sólida por la cual podemos decir esto, no se trata de ninguna ideología  que considere al sujeto una víctima del goce.

Para nosotros, como seres hablantes, se trata de que existe una disyunción entre el goce y el cuerpo.

Es decir, que el goce y el cuerpo no se sitúan en el mismo plano.

El goce se ubica en el cuerpo, no hay goce que no sea del cuerpo, no hay goce que no ponga el cuerpo en juego. Podemos decir que ese cuerpo es el cuerpo del otro, es el cuerpo en el lugar del Otro.

Entonces, hay una distancia entre el sujeto y ese cuerpo o ese Otro en el cual el sujeto busca encontrar las huellas de ese goce perdido.

Se trata de un goce perdido con la represión originaria, es un goce que se reitera al producirse esa suerte de cerradura, que es la represión originaria.

Estoy siguiendo un recorrido muy importante en la enseñanza de Lacan, y resumiendo esto, el goce y el cuerpo están necesariamente disjuntos.

Lacan dice que el goce, para el hablante, pasa por la función del hablar, no del lenguaje. Por la función del hablar que implica la palabra y el lenguaje.

No únicamente la palabra es significante, hay otras cosas que pueden ser significantes.

Para los hablantes, la función llamada ‘fálica’ por Lacan, que es la relativa al goce fálico,  es la que lleva a establecer las fórmulas de la sexuación. Entonces, el goce fálico es llamado el goce que no pasa por el cuerpo, que pasa por la palabra y no por el cuerpo.

Ahora bien, hay un goce que pasa siempre por el cuerpo, teniendo en cuenta siempre que el cuerpo y el goce son disjuntos; y que por eso no hay un sujeto del goce sino que el goce emplea al sujeto porque el sujeto se empeña en encontrar, necesaria e inevitablemente, en la búsqueda de las huellas,  ese goce perdido.

En ese sentido es posible hablar de un goce des-erotizado.

Hay algunos autores que han hablado de un goce sin libido, en lugar de un goce des-erotizado.

Prefiero hablar de un goce des-erotizado porque el goce sin libido es el goce que podemos encontrar en la perversión, en algunos casos. Algo que se presenta en términos de las  ficciones en Sade, como una forma de la apatía.

Sabemos, que en Sade, es importante para el victimario el deber que constituye el permanecer en la apatía. Es decir, que no puede consumar su phatos sino en la apatía.

Se suele tomar como ejemplo de goce escindido la apatía que se impone en el perverso sadeano, o la apatía neurótica de Hamlet, o la apatía del torturador o del asesino en los campos de concentración, cuyas víctimas decían textualmente: “Estos torturadores no parecían gozar de nada, ellos ni siquiera nos veían, no existíamos para ellos”. Es otro ejemplo de la apatía.

Estos ejemplos no son los que estoy considerando cuando hablo de goce des-erotizado. Respecto del goce des-erotizado hablo de la capacidad inconsciente de que este goce des-erotizado pueda constituirse en un síntoma analítico.

Quisiera en este momento llegar al texto de Freud El malestar en la cultura y leer allí el párrafo en el cual Freud, que inventó el psicoanálisis, recomienda especialmente no tomar psicopatológicamente a un nazi, a un Hitler, por ejemplo.

Freud dice: “No considero ético exculpar, ni siquiera considerando la cuestión a título de perversión haciendo una psicopatología de un tribunal de la peor calaña que como resultado de éste resultaría exceptuado de culpa.”

 Es un buen ejemplo de que psicopatología constituye en rigor una resistencia al análisis y en el análisis.

La psicopatología no deje de tener interés para la psicología seria, o para la psiquiatría, pero en el psicoanálisis constituye una verdadera resistencia.

¿Por qué lo digo?

Porque no sólo es claro que ninguna histérica es igual a otra, como ningún obsesivo es igual a otro, lo mismo respecto del perverso, o del psicótico.

No decimos que no haya estructura, pero se trata de otra cosa. Se trata de otra cosa cuando se trata de una psicopatología cuando hablamos de estructura.

La psicopatología rechaza la transferencia, e impide que la transferencia sea resuelta con el analista situado como la mitad del síntoma”.

Voy a hacer una pequeña digresión respecto de ‘el analista situado como la mitad del síntoma’.

Se supone que el síntoma espera a un analista. Se supone que el síntoma tiene previsto un lugar para un analista. Es en ese sentido que el analista acepta al analizante. Y como el analizante hace al analista, en este sentido el analista se constituye en la mitad del síntoma.

Quien está en este lugar, es decir, el analista hace psicopatología de algo que en cambio, cuando se trata de la transferencia, se puede definir como el amor en tanto nueva razón, réson, este término quiere decir ‘resonar’.

Lacan se vale de la homofonía de estos términos, sin hacer una aclaración en el momento en que la hace. Salvo en algún otro momento cuando Lacan dice haber tomado el término réson del poeta Francis Ponge.

Para poner en juego ¿qué?

Para poner en juego la función de la resonancia en lo que tiene que ver con una forma del amor con capacidad de dar lugar a operar un cambio de discurso. De allí los cuatro discursos: el discurso del analista, el discurso de la histérica que ha hecho al psicoanálisis y con esto ha hecho el lugar del analista, así como ha hecho al hombre.

La psicopatología de Freud  -lo cual  está dicho muchas veces en La psicopatología de la vida cotidiana,  incluye fundamentalmente una versión del síntoma llamada por Lacan “formación del inconsciente”.

Pero no siempre se subraya que ese lapsus es un acto; y que tiene una dimensión de acto. El acto tiene una dit-mension,  decir en acto.

Estos tropiezos en la palabra o en la acción son susceptibles de una legibilidad que es la lectura que hace los pasos de sentido, es decir, los cambios de sentido y el sonido que hace al sentido.

Me estoy refiriendo a unas Conferencias de Román Jakobson  en el año 1942, donde  da innumerables ejemplos de cómo  el sonido  hace al sentido, el sonido de una frase, el sonido de lo que se dice. No se puede prescindir del sonido respecto de lo que constituye el sentido.

La legibilidad de estos tropiezos reúne dos versiones distintas del síntoma en el desarrollo de la enseñanza de Lacan. Una primera versión del síntoma se corresponde con la estructura de la metáfora paterna, y su régimen es el de la sustitución. Otra versión del síntoma lo muestra a éste, al síntoma, como fijación de un goce a la letra.

Podemos decir que la legibilidad de un acto supone un clivaje entre la función del campo de la palabra en el inconsciente y la literalidad que concierne a la fijación de un goce a una letra.

La dit-mension en su relación con la pulsión es una forma de significar que esa fijación es un goce a la letra, pero es justamente porque se trata de una fijación que tiene incluso estricto sentido freudiano, el goce que entra en el cuerpo por la imagen del cuerpo.

La voz es el objeto pulsional que hace al eco del decir en el cuerpo.

Tenemos entonces, los distintos tipos posibles de homofonía, pero también la homofonía tiene efectos en la producción de sentido ya  que los términos en juego tienen una resonancia que contribuye al vaciamiento del sentido,  por lo tanto al alivio de la inmensidad que proviene del parasitismo al que nos somete el lenguaje.

De la misma manera que hay esta resonancia y que el goce hace al sentido, la homofonía supone una relación a la letra, ya que solamente podemos distinguir el juego homofónico entre dos términos según la escritura de estos dos términos.

La homofonía puede establecerse entre dos términos que tienen la misma ortografía y un significado diferente, o entre dos términos que tienen una ortografía diferente, por ejemplo, raison y réson, y tantísimos otros casos en los cuales avanza la enseñanza de Lacan en base a la utilización de la homofonía.

Para volver al principio, tomo como ejemplo de lo que llamo un síntoma des-erotizado al que produce una fijación de goce con una ausencia absoluta de erotismo cuando en el consumo de la cocaína se reconoce la función que tiene la droga, la función de producir un divorcio del falo. Lacan dice que la droga tiene una función de reemplazo del objeto ‘a’.

Puede llegar a decirse que es el objeto ‘a’ pero vamos a ver que siempre se trata de un reemplazo del objeto ‘a’, porque el objeto ‘a’ no es un objeto, es una letra. Es una función de reemplazo del objeto ‘a’ como distancia, medida de una alteridad respecto del objeto que podemos llamar ‘objeto primordial’, o Das Ding.

Sabemos que al lugar de Das Ding va la madre y la verdad.

Pues bien, si decimos que se trata de una función de reemplazo del objeto ‘a’ es porque no lo es, es porque la droga no sólo no establece una distancia que el sujeto busca respecto del incesto, sino que quiere al mismo tiempo que el efecto de la droga- que hace en algunos casos encontrar alguna forma de representación corporal-, que atrape la distancia que intenta lograr, incluso la equidistancia que quiera obtener entre sus padres. Si bien con motivo de esta representación reveladora a veces de una función de imagen fija, en el sentido de una imagen congelada, de cuerpo congelado, de fijación.

Puede decirse que si bien estas actuaciones reiteradas buscan en cierto modo ese divorcio del falo, que supondría un alejamiento del incesto, el efecto es anular la distancia al incesto y de alguna manera reproducir o representar el fracaso de la función destinada a lograr la separación.

Tenemos noticias de ese fracaso porque el éxito paradojal de la operación del divorcio del falo se presenta a través de la aparición de sentimientos intensos de persecución.

La mirada o las miradas testigo que no existen, pero que  existen en lo que podemos considerar del orden de la realidad fantasmática o incluso en la realidad psíquica, en términos de Freud.

Gracias.


Trabajo presentado en el Congreso Internacional de Psicoanálisis de la Facultad de Psicología de Rosario, Panel “Los nuevos desafíos de la clínica psicoanalítica”, 29 de octubre de 2016.

Este texto está disponible en PDF en la pàgina web de la EFA: Descargar

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