Los tres freudianos interminables / Alicia Hartmann

El legado Freudiano para la clínica con niños es interminable. Cada relectura nos abre nuevos caminos. Recordando lo que Lacan nos dice en la Conferencia sobre la Ética “Que renuncie al Psicoanálisis quien no puede ponerse a la altura de la subjetividad de su época”. En el siglo XXI se nos impone repensar ciertas cuestiones.

En torno al problema del niño y de la infancia nos vienen a la memoria frases de algunos autores en la literatura. André Gide que escribe en su diario: “¡Familias! ¡Os odio!”. Kertész: “Nos tocó vivir una juventud dura, hablábamos de la juventud como una enfermedad”, y repite la frase de Gide “Familias os odio”, “entregarse a la infancia es como entregarse a la muerte” -y completa diciendo- “qué deseos tenía de ser grande viendo como los adultos se arreglan con seguridad en un mundo lleno de sadismo”.

Desde otra perspectiva, en el año 80´, Baudrillard en Pantalla total vaticinaba que la infancia está destinada a desaparecer y que la herencia genética está desplazando a la herencia simbólica. Con estas ideas ¿Qué nos causa la relectura Freud? ¿Qué caminos podemos abrir los analistas frente a los difíciles embates que tiene la infancia en nuestro tiempo?

Partimos de un texto que es de muchísima utilidad  para pensar la clínica con niños que es “Análisis Terminable e Interminable” y retomamos – por eso los tres Freudianos interminables – tres cuestiones, las que presenta ahí Freud como obstáculo: El influjo de traumas, la intensidad de las pulsiones, y las alteraciones del yo. Las tres cuestiones fundamentales que hacen obstáculo a la cura analítica y a la posibilidad de la terminación de un análisis.

Hacemos aquí una pequeña digresión. Es interesante pensar que Freud pone entre paréntesis la cuestión del factor constitucional y dice: “Por el momento nos sirve”. La IPA, en este tiempo, se ha aprovechado de esto para hacer una estrecha relación con la neurociencia. Hay muchos trabajos de la IPA que toman el libro de Kandel “En busca de la memoria” y se basan en el “Proyecto” para pensar la intersección neurociencia – psicoanálisis.

Volviendo a los tres obstáculos; primero, el influjo de traumas. Sabemos muy bien que la pregunta ahí surge en relación a cuando las pulsiones –tomaremos el ejemplo de las afecciones narcisistas, que es una cuestión que hemos trabajado en los últimos años– abrazan el Yo. Freud en “la Introducción a las neurosis de guerra” (Introducción a Zur Psychoanalyse der Kriegsneurosen, 1919) considerando el déficit de en la Versagung (frustración), afirma que las pulsiones abrazan al Yo, hay niños que padecen de esa guerra interna y externa por el influjo de traumas tempranos.

Segundo: La intensidad constitucional. Freud la relativiza en ese texto, y dice “Vendrá la bruja”. ¿Y quién es la bruja? La bruja es la metapsicología. Entonces se va a atemperar la cuestión constitucional con el armado de las ficciones. En “Análisis terminable e interminable” mismo texto Freud dice “El Yo es una ficción ideal”. Los que nos dedicamos a esta clínica sabemos de la importancia de los fantasmas imaginarios, de las ficciones que sostienen las fantasías en la infancia de lo cual el juego del niño, como hemos dicho otras veces, revela la estructura. Sigue diciendo Freud que cuando esta  ficción ideal no se produce el Yo normal se pierde y se asemeja al del psicótico. Esta es una frase muy fuerte sobre la que vale la pena detenerse.

Tercero: Las alteraciones del Yo nos autorizan al análisis en la infancia porque dice Freud en otra frase contundente de “Análisis Terminable e Interminable”, que las represiones acontecen en la muy primerísima infancia y desde allí nos podemos operar tempranamente en la cura de niños.

No hay que olvidar, cuando se habla de esto, al genio de Klein y de Winnicott, analistas a quienes Lacan no deja de dar tributo.

En trono de las situaciones traumáticas sabemos que el peso de la neurosis parental es devastador. Ferenczi escribió un texto acerca de los niños no deseados, concepto que desarrolló antes que Lacan ya en 1929, hablando tanto de los niños no deseados como del destructivo poder del terrorismo parental.

Lacan va a decir en las dos cartas a Jenny Aubry que el síntoma del niño, no el niño como síntoma, compete a lo sintomático de la pareja familiar. Entonces, esto va a afectar el domeñamiento de la pulsión en el sentido de que el niño, como bien dice Freud, es un “objeto diverso” del adulto, y ya sabemos que la posición de objeto inherente a lo que es el niño transita entre: 1) pensarlo como resto, 2) pensarlo como fetiche o 3) pensarlo como desecho.

Las alteraciones del Yo se diversifican entre las patologías del Ideal y las neurosis de carácter. Ubico aquí niños con una identificación muy particular en relación al déficit del ideal del Yo,  que produce una decidida alteración en el Yo hasta el punto de funcionar como neurosis de carácter, en el sentido en que las definió Alexander.

De la carta a J. Aubry, lo importante a destacar es que el deseo no sea anónimo, que sea un deseo que nombre. De la carta también se desprende la metáfora ya pensada como función. Este es un punto fundamental y sabemos que toda función es operación matemática entre dos variables, y el niño como producto es elevado o no a la dignidad de la causa tramitando así lo cifrable, lo contable y también lo inconmensurable del goce fálico del Otro del que tiene que separarse para su constitución subjetiva.

Interesa decir aquí que en el año 2011, Erik Porge en un libro que titulado “Lettres du symptome”, retoma la carta a J. Aubry, considerando dos ejes:

  • El eje vertical, da cuenta de la relación entre generaciones vecinas: asociativo, paradigmático, las relaciones de filiación: refiere al Edipo, hay relación sexual, el síntoma se aborda con la sustitución de significantes, el niño tiene un lugar en el fantasma de los padres, hay relaciones al significante, al deseo, a la demanda, etc.
  • Según el eje horizontal de la diferencia sexual: es eje sintagmático, es el punto de vista de las relaciones de alianza, no hay relación sexual, el síntoma se aborda como límite a la sustitución, el niño representa el síntoma de la pareja parental, referencia a lalangue, a la letra, al goce, etc.

En función de este listado propone tres abordajes para la cura de los niños, con los que coincidimos, a saber:

1)      Cuando uno trabaja con el niño y puntualmente intervienen los padres.

2)      Cuando el problema del niño compete a los padres y en realidad el análisis, sea el pedido o la demanda, implica que los padres están demandando análisis.

Y el tercero nos dice Porge que lo toma de la carta:

3) Cuando el niño está tomado en forma entera por un fantasma parental. Entendemos acá, y hacemos esta precisión: puro objeto, pura cosidad sin mediación del Nombre del Padre, lo que compete a los casos muy graves.

El no anonimato del deseo nos lleva a trabajar la identificación por un lado y la transmisión por el otro. La identificación en el sentido de lo que Lacan propone en el seminario “La identificación” diciendo que el niño sea “No uno”, que “No sea mi maldición sobre el mundo” o sea que haga diferencia con mi maldición, y así la leemos. La transmisión siempre implica corte, este es un punto fundamental, a diferencia de la identificación, que es identidad en la diferencia.

Lacan reescribe la cuestión del deseo – no deseo “respecto de un niño” por el “malentendido de la estructura“ que nos precede. Lo leemos en el seminario “Disolución” (1981), dice: “Bueno, no importa si un chico fue deseado o no, lo que importa es el malentendido que lo precede y el farfullar que lo condiciona de los antepasados”, o sea las palabras, fonemas, sonidos, ahí reside lalangue.

Retornando al siglo XXI, y aunque Lacan no los considera, queremos hacer una referencia a los situacionistas. Los situacionistas aparecen en el año 50′ y su mayor exponente es Guy Debord, un crítico de la sociedad de su tiempo que tuvo una influencia fundamental en el mayo del 68′ y que escribió un libro titulado “La sociedad del espectáculo” donde desarrolla la pregnancia de las imágenes: actualmente vivimos en una sociedad del espectáculo, donde se incluye nuestro mundo virtual. Recordamos nuevamente una frase de Berger, otro novelista y crítico de arte que en un libro que se titula Mirar, dice así: “Todos los lugares entrañan una marginación forzada: los ghetos, los suburbios, las prisiones, los manicomios, los campos de concentración. Todos tienen algo que ver con los zoológicos, ¿Ciertas familias también?“. Allí también hay espectáculo, lo que se da a ver.

Ante esta pregunta, relatamos esta breve viñeta. Escuchamos a un niño y a sus padres en una interconsulta, gente de alto poder económico, importa destacar esto, que se dieron cuenta en el tercer año del niño que nunca lo habían mirado y la escena que ellos describen es la siguiente: Cuando se van con el nene mayor con el cual salían a todos lados y a éste lo dejaban con la cuidadora o con la niñera, la nanny, y allí, en ese instante, lo ven por primera vez irse con un baldecito, agarrado de la mano de la niñera. Y dicen, eso nos partió, porque hasta entonces solamente habían mirado al mayor.

El niño llega al consultorio por indicación del neurólogo, ya medicado con Lamotrigina. Tiene marcado déficit en el aprendizaje en primer grado. Se enoja y parece un animalito enfurecido. Entonces ¿Qué nos afecta seriamente en nuestra época?

Estamos en la era del discurso capitalista, que Lacan formula una sola vez. En este discurso confluyen el rechazo del don y del amor, que es que es apuesta necesaria para la constitución del narcisismo exitoso de un niño.

¿Cuántos TGD son estos niños insuficientemente mirados? Ahora ya no más TGD, porque los hemos cambiado por Trastornos del Espectro Autista, pero pareciera que también el DSM V se puso en cuestión, pero así se maneja la clínica “psiquiátrica-psicoanalítica” de nuestro tiempo. ¿Qué vendrá después?

Este rechazo parental afecta desde ya la constitución del síntoma en transferencia, ya sea en los padres o en el niño. Lo traumático se evidencia en estos niños sin don, niños no donados, no agalmáticos, rechazados, a los que hasta les puede atraer el reposo de las piedras, tal como Lacan lo despliega en Las Formaciones del Inconsciente.

Los tres freudianos con los que empezamos estas reflexiones valdrán en tanto se articulen a un decir. La pulsión será trabajable en tanto se ponga nombre al objeto y pueda separarse el goce que conlleva. Y la alteración del Yo será posible de conmover en tanto se produzca la división entre saber y verdad, en tanto pueda escuchar un sujeto también sostenido en el discurso parental.

Cuando Baudrillard nos habla de la herencia simbólica está hablando de nuestro tiempo, de este mundo globalizado donde el niño como mercancía o como fetiche se coagula en este lugar, no sosteniendo la causa del deseo, no pudiendo acceder a la dignidad de un sujeto. Muchos niños son anónimos, o llevan las letras o el número de la patología que escribe el DSM. Así se está destruyendo la infancia, nos toca a nosotros recoger el guante para desde estos obstáculos repensar nuestra clínica enfrentándonos con una civilización donde la ignorancia del inconsciente y sus consecuencias hacen “destrucción natural” del sujeto y del deseo.

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